Autor: rafagz

Una vida en mi vida

Dejo la maleta, desordenada, encima de mi cama. Me tumbo al lado de ella –ni siquiera hago amago de vaciarla- y pienso. Y pensando, me doy cuenta.

Al final, después de todo, sólo queda la nostalgia. Nostalgia de esa vida dentro de tu vida, que ya ha pasado. Nostalgia de saber que, en otro lado del mundo hay otra gente, otra ciudad, otra rutina. Otro amor. Sólo queda la nostalgia de saber que esa posible vida también podría ser tuya y que, durante un fugaz destello de tu gran película, te había pertenecido.

 

Cada vez que viajo, vivo una vida. Quizá esa vida no estuviera pensada para mí. Quizá me esté colando en la película de otra persona sólo para poder experimentar lo que se siente ser otro actor. Pero todo lo que rodea ese tráiler de lo que es vivir (amistades, amores, lugares, vivencias, ideas) es puro, intenso, fugaz. Sé que dura lo que va a durar, que tiene un comienzo y un final y que no hay nada que pueda hacer para evitarlo.

Por eso vuelvo a casa y no sé cómo vivir mi anterior vida. Porque el actor ha cambiado y no sabe en qué película está ya. Porque todo lo que vas representando se queda contigo, y te arrastra hacia una función que ya ha pasado y que no volverá a estrenarse nunca más.

Y al final, Marilyn (III)

La tercera vez que la vi, nos conocimos.

Todos los que estábamos en el hostel nos juntamos para hacer una barbacoa. Cuarenta personas de todos los países compartiendo carne, cerveza y conversación. No era mal plan.

La gente empezó a fluir y con ella, las historias. Una alemana que bailaba ballet, una francesa que trabajaba en Suíza haciendo relojes, un argentino dando clases de surf…

Charlábamos sin tapujos, sabiendo que era algo momentáneo. Dos días más tarde nos iríamos y no nos volveríamos a ver. Y estaba bien así.

Por ser los más jóvenes y aún encima, los españoles, el resto tenían muchas expectativas de nosotros en la pista de baile. Quedamos en vernos en el Flamingos.

Ahí fue donde sucedió. No voy a aburrir con detalles, pero al llegar, todos estaban bailando como si fueran imbéciles, simplemente pasándolo bien. Sí, confirmé, me sentía en casa.

Empezamos a beber y bailar, a reír y a hacer lo que nos apetecía. Joder, pensaba. Un país que no es el mío, un idioma que no es el mío, gente que no conozco de nada y está siendo una de las mejores noches en mucho tiempo. La conexión era increíble.

Seguía bailando cuando ocurrió. Como en una película, vi cómo la gente se apartaba, haciendo un pequeño camino entre todas las personas que estaban en la pista. Con la música de fondo, cruzamos miradas una vez más. Y, a cámara lenta (o eso me pareció), se acercó.

“Quiero conocerte, me has llamado la atención” me dijo mientras bailábamos.

La agarro de la mano y nos vamos fuera, con una cerveza en la otra. Nos la empezamos a pasar, deslizándola por la mesa mientras nos sumergimos en la conversación. Es francesa, trabaja en Londres, hace ballet, siempre viaja sola. Dice que quiere forzarse a crecer y a estar incómoda. No quiere depender de nadie. No quiere ver que la vida se le ha ido sin aprovecharla.

Joder.

Sólo puedo pensar en de dónde cojones ha salido esta tía y en por qué no deja de ser Marilyn. En mi pobre inglés le pregunto que por qué se ha acercado a hablar conmigo.

Me clava la mirada, pensativa. Y vaya si responde.

Me cuenta la sensación que tuvo. Me cuenta cómo me vio la primera, la segunda y la tercera vez. Me cuenta cómo me ha imagino. Y acierta.

Yo también hablo. Le digo lo que pensé al verla, lo que me ha llevado a estar hablando con ella y la sensación de que todas las conversaciones deberían ser así. Ella empieza a liarse un cigarro y a hacerse la desinteresada, como si estuviera siendo todo demasiado fácil. Y no lo dudo. Me levanto y me voy a bailar. A Marilyn no la persigues: si quiere ir, irá y no hay nada que puedas hacer al respecto.

Me acerco a la alemana, que se alegra de verme y me intenta enseñar un paso de ballet (o al menos, así lo recuerdo). Mientras se unían un par de bailarines improvisados más, veo que alguien se acerca por detrás y me agarra el brazo. Me giro y, premio: allí estaba ella. La cojo de la cintura mientras me acerco a hablarle al oído. Ambos sabemos que el tiempo pasa y que todo que habíamos vivido esos días eran una anomalía en la rutina, así que, ¿por qué no ir hasta el final? ¿Por qué cortar la conexión y protegerse?

Quería ser vulnerable, me daba igual. Me quería arrojar al vacío y no me importaba que no hubiera red. Cogidos de la mano, cruzamos el local, camino a la barra. Mientras iba delante, abriendo sitio, notaba cómo apretaba mi mano, para no perderme. Pedí la que todavía no sabía que iba a ser nuestra última cerveza juntos y todavía cogidos, nos acercamos.

[…]

En un momento dado, se acabó. Ella seguía siendo Marilyn y yo seguía siendo quien quiera que fuese. Nos terminamos la cerveza, pasándonosla mientras la gente empezaba a salir del local. La miré y, sin decir nada, entré en el local una última vez.

 

 

Cuando salí, ella ya se había ido.

Y al final, Marilyn (II)

La segunda vez que la vi, estaba recostada en un sofá, charlando, con una pinta de cerveza en la mano. Yo había cogido una guitarra y estaba rasgueando cuatro acordes, mientras el resto cantaban.

La música nos había aislado tanto que no era consciente de que la gente nos estaba mirando. Debíamos de llevar veinte minutos cuando levanté la cabeza y me fijé en una familia que acaban de llegar y que estaban escuchándonos, sonriendo. Les saludé y seguí observando, hasta que, una vez más, la vi. Sin embargo, ella parecía intrigada, como si estuviera intentando entender algo.

Creo que todavía no he dicho nada de cómo era ella y tengo una idea de por qué. Si la describo, voy a tener que ponerle límites a la sensación de haber visto a Marilyn. Si la describo, voy a hablaros de su pelo rubio, desteñido por el sol y el mar. Tendría que contaros cómo se movía, como si se deslizara por donde pasaba. Tendría que hablaros de la atracción animal que transmitía. Tendría que decir que era preciosa, que parecía una muñeca a mi lado o que parecía sacada de cualquier serie de surf para adolescentes. Y sin embargo, no le estaría haciendo justicia. Pero ya no importa. 

Sin duda, era mi Marilyn. Desgraciadamente, Marilyn desaparece cuando la conoces y, ¿cómo iba ella a igualar el concepto de quien podría ser? Era una carga que nadie podría soportar. 

Dejé de mirarla y seguí tocando.

Y al final, Marilyn (I)

Llegamos. Una pequeña villa costera, masificada por el turismo, nos recibía con calles bulliciosas, gente joven riendo, arena por la calle y el regusto de las noches de verano. Nos dejamos llevar por la intuición, que nos acaba llevando por unas calles estrechas de adoquín. Vemos la puerta del hostel, azul cielo y llamamos al timbre.

La habitación tenía suelo rojo, como de patio, con un techo alto hasta donde llegaban las cuatro literas. La ropa del resto estaba colgada en las esquinas de la cama; los bañadores, colgados de cualquier manera, todavía goteaban. Desde la ventana, escuchábamos a los otros huéspedes riendo y hablando en el patio, con la música del bar de fondo.

Me sentía en casa.

[..]

La primera vez que la vi, me quedé clavado. Era uno de esos momentos en los que sabía exactamente quién era ella, uno de tantos momentos donde aparecían las musas. Era perfecta, era plena, era Marilyn.

Cruzamos miradas, observándonos. Durante un segundo, nos quedamos colgados, buscando un porqué a ninguna pregunta. Pero el instante se derrumbó, miramos hacia otro lado y seguimos hablando con nuestros amigos.

Sin embargo, la semilla ya estaba ahí.

Vist (20)

Vist (20 en persa) habla de un punto de inflexión: la depresión de los 20. Veinte años, todo por hacer y nada a lo que aferrarse.
El protagonista desgrana poco a poco su vida, viendo en cada pedazo un fragmento de un problema mayor. Todo parece formar parte de un intento de fuga de una cárcel que es incapaz de ubicar.
Vist es un homenaje a ese período del que nadie habla y que todos vivimos.

Hace ya mucho tiempo, hablaba de que teníamos algún proyecto entre manos. Mucho más tarde, pero hecho y al fin y al cabo, está Vist. Ha sido un honor verter letras en esta idea.

Voluntad

No hay un momento de revelación. No va a aparecer jamás un rayo de luz entre las nubes que te mostrará el camino. Nadie te va a decir esa frase que te hará verlo todo claro y diáfano. Nunca.

La verdad está ahí desde siempre, contigo, pero nunca te has atrevido a mirarla a los ojos.

Quien crees que eres es una mentira. No es más que una historia que te cuentas a ti mismo. Quien crees que eres, es una patraña.

Ya, ya sé qué piensas. ¿Cómo va a ser una mentira? Pues sí, lo es. Y es así porque tu mentira está muy bien elaborada. Claro, ¿cómo  mentirte a ti mismo de forma descarada? Te conoces demasiado bien y descubrirías al momento el engaño, así que optas por algo mucho más rebuscado. En vez de, simplemente, creer que eres quien te gustaría ser, te inventas algo. Coges la realidad y la maquillas, engañándote y haciéndote ver que, en realidad, no estás ni tan mal ni tan lejos de donde quieres estar. Te mientes, y, por un momento, te lo crees. Una parte de ti, de fondo, nota que algo chirría, pero jamás va a querer admitirlo. Asumirlo implicaría afrontarlo, y afrontarlo significaría ver muchas cosas que no te van a gustar.

Párate a pensar un segundo en aquellos juicios sobre ti que de verdad te han hecho daño. No son las palabras lo que hieren: lo que te hace daño es ver que tu historia se derrumba. Lo que sostiene a una persona es su propia historia. Esa historia vertebra quien cree que es, y le da un pilar en torno al que desarrollarse. Pero, por ser historia, es falsa. Y es por eso que la verdad más difícil de saber, quién eres en realidad, es también la más dura.

Saber la verdad implica admitir que estabas mintiendo. Y esto no es como las pequeñas mentiras que les cuentas a los demás, convenciéndoles de tu relato. No, es algo mucho peor: las verdaderas mentiras, son las que te cuentas a ti mismo. Eres el que las crea y el que se las cree. Y, si es deshonroso engañar a otros, engañarse a uno mismo no tiene perdón.

Pero la realidad es la que es, y cuando la veas, no tendrás duda. Sabrás que estás viendo la verdad cuando no quieras admitirla.

Cuando no quieras reconocerte en la imagen que te devuelve el espejo, estarás viéndote. Y es justo ahí cuando debes de ser sincero y abrazar tu reflejo, tu sombra y tu ser, porque, por fin, te has atrevido a verte. Sin máscaras, sin engaños, sin expectativas.

Lo que había siempre, lo que ya sabías, estaba ahí. Podrás mirarte a los ojos sin apartar la mirada y, al fin, podrás decir: soy yo.

Tienes que dar un paso al frente y no esconder la cabeza. Tienes que dejar de ser el escaparate de tus inseguridades. Dejar de hacer lo que se supone que tienes que hacer.

Cuando estés alejado de todo lo que solo hay en tu cabeza, mírate. No te juzgues, solo observa. Atrévete a ver lo que hay, sin anticipar lo que vas a encontrar. Ahí, quizá, empieces a ser sincero contigo.

Podrás seguir engañando a todo el mundo, podrás vivir en la huida, podrás pretender seguir caminando todo lo lejos que quieras. Pero estarás siguiendo el camino que te dicta el miedo, y no el camino que quieres seguir.

Pero, si después de todo, no lo haces, no pasará nada. Seguirás creyendo saber quien eres, siendo esclavo de una historia que crees no poder cambiar. Todo seguirá exactamente igual. La verdad vivirá en ti, inalterable, quieras verla o no.

La voluntad de querer ser es lo que te va a diferenciar. La voluntad es lo que te hará dejar de creer que no tienes solución, que eres así o que jamás conseguirás avanzar. La voluntad es lo que te hará dueño de ti mismo.