Y al final, Marilyn (II)

La segunda vez que la vi, estaba recostada en un sofá, charlando, con una pinta de cerveza en la mano. Yo había cogido una guitarra y estaba rasgueando cuatro acordes, mientras el resto cantaban.

La música nos había aislado tanto que no era consciente de que la gente nos estaba mirando. Debíamos de llevar veinte minutos cuando levanté la cabeza y me fijé en una familia que acaban de llegar y que estaban escuchándonos, sonriendo. Les saludé y seguí observando, hasta que, una vez más, la vi. Sin embargo, ella parecía intrigada, como si estuviera intentando entender algo.

Creo que todavía no he dicho nada de cómo era ella y tengo una idea de por qué. Si la describo, voy a tener que ponerle límites a la sensación de haber visto a Marilyn. Si la describo, voy a hablaros de su pelo rubio, desteñido por el sol y el mar. Tendría que contaros cómo se movía, como si se deslizara por donde pasaba. Tendría que hablaros de la atracción animal que transmitía. Tendría que decir que era preciosa, que parecía una muñeca a mi lado o que parecía sacada de cualquier serie de surf para adolescentes. Y sin embargo, no le estaría haciendo justicia. Pero ya no importa. 

Sin duda, era mi Marilyn. Desgraciadamente, Marilyn desaparece cuando la conoces y, ¿cómo iba ella a igualar el concepto de quien podría ser? Era una carga que nadie podría soportar. 

Dejé de mirarla y seguí tocando.

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