Y al final, Marilyn (I)

Llegamos. Una pequeña villa costera, masificada por el turismo, nos recibía con calles bulliciosas, gente joven riendo, arena por la calle y el regusto de las noches de verano. Nos dejamos llevar por la intuición, que nos acaba llevando por unas calles estrechas de adoquín. Vemos la puerta del hostel, azul cielo y llamamos al timbre.

La habitación tenía suelo rojo, como de patio, con un techo alto hasta donde llegaban las cuatro literas. La ropa del resto estaba colgada en las esquinas de la cama; los bañadores, colgados de cualquier manera, todavía goteaban. Desde la ventana, escuchábamos a los otros huéspedes riendo y hablando en el patio, con la música del bar de fondo.

Me sentía en casa.

[..]

La primera vez que la vi, me quedé clavado. Era uno de esos momentos en los que sabía exactamente quién era ella, uno de tantos momentos donde aparecían las musas. Era perfecta, era plena, era Marilyn.

Cruzamos miradas, observándonos. Durante un segundo, nos quedamos colgados, buscando un porqué a ninguna pregunta. Pero el instante se derrumbó, miramos hacia otro lado y seguimos hablando con nuestros amigos.

Sin embargo, la semilla ya estaba ahí.

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