Voluntad

No hay un momento de revelación. No va a aparecer jamás un rayo de luz entre las nubes que te mostrará el camino. Nadie te va a decir esa frase que te hará verlo todo claro y diáfano. Nunca.

La verdad está ahí desde siempre, contigo, pero nunca te has atrevido a mirarla a los ojos.

Quien crees que eres es una mentira. No es más que una historia que te cuentas a ti mismo. Quien crees que eres, es una patraña.

Ya, ya sé qué piensas. ¿Cómo va a ser una mentira? Pues sí, lo es. Y es así porque tu mentira está muy bien elaborada. Claro, ¿cómo  mentirte a ti mismo de forma descarada? Te conoces demasiado bien y descubrirías al momento el engaño, así que optas por algo mucho más rebuscado. En vez de, simplemente, creer que eres quien te gustaría ser, te inventas algo. Coges la realidad y la maquillas, engañándote y haciéndote ver que, en realidad, no estás ni tan mal ni tan lejos de donde quieres estar. Te mientes, y, por un momento, te lo crees. Una parte de ti, de fondo, nota que algo chirría, pero jamás va a querer admitirlo. Asumirlo implicaría afrontarlo, y afrontarlo significaría ver muchas cosas que no te van a gustar.

Párate a pensar un segundo en aquellos juicios sobre ti que de verdad te han hecho daño. No son las palabras lo que hieren: lo que te hace daño es ver que tu historia se derrumba. Lo que sostiene a una persona es su propia historia. Esa historia vertebra quien cree que es, y le da un pilar en torno al que desarrollarse. Pero, por ser historia, es falsa. Y es por eso que la verdad más difícil de saber, quién eres en realidad, es también la más dura.

Saber la verdad implica admitir que estabas mintiendo. Y esto no es como las pequeñas mentiras que les cuentas a los demás, convenciéndoles de tu relato. No, es algo mucho peor: las verdaderas mentiras, son las que te cuentas a ti mismo. Eres el que las crea y el que se las cree. Y, si es deshonroso engañar a otros, engañarse a uno mismo no tiene perdón.

Pero la realidad es la que es, y cuando la veas, no tendrás duda. Sabrás que estás viendo la verdad cuando no quieras admitirla.

Cuando no quieras reconocerte en la imagen que te devuelve el espejo, estarás viéndote. Y es justo ahí cuando debes de ser sincero y abrazar tu reflejo, tu sombra y tu ser, porque, por fin, te has atrevido a verte. Sin máscaras, sin engaños, sin expectativas.

Lo que había siempre, lo que ya sabías, estaba ahí. Podrás mirarte a los ojos sin apartar la mirada y, al fin, podrás decir: soy yo.

Tienes que dar un paso al frente y no esconder la cabeza. Tienes que dejar de ser el escaparate de tus inseguridades. Dejar de hacer lo que se supone que tienes que hacer.

Cuando estés alejado de todo lo que solo hay en tu cabeza, mírate. No te juzgues, solo observa. Atrévete a ver lo que hay, sin anticipar lo que vas a encontrar. Ahí, quizá, empieces a ser sincero contigo.

Podrás seguir engañando a todo el mundo, podrás vivir en la huida, podrás pretender seguir caminando todo lo lejos que quieras. Pero estarás siguiendo el camino que te dicta el miedo, y no el camino que quieres seguir.

Pero, si después de todo, no lo haces, no pasará nada. Seguirás creyendo saber quien eres, siendo esclavo de una historia que crees no poder cambiar. Todo seguirá exactamente igual. La verdad vivirá en ti, inalterable, quieras verla o no.

La voluntad de querer ser es lo que te va a diferenciar. La voluntad es lo que te hará dejar de creer que no tienes solución, que eres así o que jamás conseguirás avanzar. La voluntad es lo que te hará dueño de ti mismo.

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